—Deberíamos vivir acá —anunció el hombre, con la voz entrecortada por la falta de aire.
Los dos amantes yacían desnudos en la cama. Sábanas y cuerpos entrelazados formaban un extraño Guernica amoroso. Una ligera brisa estival hacía revolotear las cortinas y comenzaba a secar las perlas de sudor que cubrían los dos cuerpos agotados.
—Creo que un mes fue suficiente —le contestó ella, con una voz suave, pero con ese tono firme que tienen las personas nacidas para mandar.
De repente, olvidándose por completo de la conversación que él mismo había iniciado, el hombre dejó su mirada errar por la habitación. Sus ojos empezaron a moverse de izquierda a derecha, siguiendo alguna escena imaginaria de su vida soñada. Y el techo servía de pantalla para la proyección de su película interior.
En ella, aterrorizaba a los fiscales a la vez que enamoraba a los jurados con su elocuencia inigualable. Defendía a desamparados frente a multinacionales sin escrúpulos que engañaban a diestra y siniestra a cuantos crédulos podían. O a mujeres inermes y sin recursos víctimas de la violencia de sus maridos. Con el tiempo, esos casos perdidos se habían vuelto una especialidad para el hombre.
Sus aptitudes para resolver los problemas legales de sus clientes solo se veían superadas por su generosidad con ellos. Es así como, más de una vez, al ver a uno de ellos en un manifiesto apuro económico, no le había cobrado más que algunos gastos administrativos básicos. Y, en varias oportunidades, los había incluso pagado de su propio bolsillo. Era muy respetado en su profesión y era un respeto merecido.
—¿Me estás escuchando? —preguntó ella, al mismo tiempo que intentaba recuperar las diversas partes de su cuerpo esparcidas en la cama.
—No —suspiró el hombre—. Estaba soñando.
—Y en tus sueños, ¿algo de dinero ganas?
El hombre volteó con brusquedad hacia la pared desnuda. Ahora, tenía los ojos inmóviles debajo de sus cejas fruncidas. Mantenía la mirada clavada en un desperfecto de la pintura que parecía querer borrar con algún rayo imaginario. La hermosa mujer acostada a su lado había puesto el dedo en una dolorosa llaga. Es más, para no quedarse corta, había esparcido una buena medida de sal sobre la carne viva. Era, en efecto, una de las frustraciones más significativas de la vida del hombre; por lo menos, en ese momento.
Al salir de la universidad, los únicos puestos que se habían abierto para él habían sido en el área legal de pequeñas empresas de la región. Entonces, al pasar algunos meses y presionado, tanto por su familia como por la falta de dinero, había tenido que aceptar uno de ellos. Odiaba la idea de revisar día tras día, semana tras semana, temas de normatividad empresarial sin importancia, políticas laborales abusivas o contratos kilométricos con proveedores insignificantes.
Aquellas actividades aburridísimas no podían estar más alejadas de lo que había aspirado durante sus largos años de estudios. Y, por esa razón, no había logrado nunca trabajar más que algunos meses en cada empresa. Se desesperaba con facilidad y terminaba renunciando.
Su padre, por supuesto, le había ofrecido un trabajo en su despacho, pero el hombre había rechazado la oferta. Por las mismas razones. El viejo abogado no lo había tomado muy bien. Después de los caóticos años de universidad de su hijo, aquel rechazo añadió un ladrillo más al muro de incomprensión que los separaba.
—Valoro mucho tu apoyo —susurró el hombre, al mismo tiempo que, logrando por fin relajarse, volteaba hacia ella y empezaba a hacerle cosquillas en el vientre y en el pecho.
Entonces, la habitación se llenó con una escandalosa carcajada. El hombre no supo interpretar si había sido causada por sus cosquillas o por la satisfacción que ella debía haber sentido al lograr enfurecerle una vez más.
Quiso contraatacar con algunas palabras crueles o algún sarcasmo contundente. Por lo menos, hubiera querido objetar algo. Sin embargo, cuando la veía reírse así, cualquier veleidad de represalia suya se desvanecía enseguida. En esos momentos, dejaba su orgullo en el piso, al lado de su valentía, para que ella los pudiera pisar sin contemplaciones. Y la miraba pisarlos, como un idiota, sin pronunciar una sola palabra. Porque cuando ella reía así, lo único que deseaba era mirarla. Y que no parara nunca. «Hace lo que quiere conmigo».
El hombre se levantó y se dirigió hacia la amplia terraza adyacente a la habitación. Se paró a unos pasos de la barandilla de piedra para respirar hondo el aire cargado de yodo y gozar de la vista espectacular que tenía de la extensa playa, unos metros más abajo. En ese periodo del año, estaba casi vacía. Tenía todavía unas semanas para descansar antes de ser asaltada, durante dos meses enteros, por miles de familias hambrientas de sol y de arena.
Se acercó más a la barandilla, apoyó sus codos en la piedra caliente y se quedó mirando el baile hipnotizador de las olas. Pensaba en su situación personal mientras observaba el agua en su incesante y vano intento por llegar hasta las dunas que las separaban del hotel. Desde la altura de la terraza, el océano parecía más dominio de Sísifo que de Poseidón. «Una analogía perfecta para mi carrera profesional. Un vaivén inútil».
Sin embargo, sentía que encontrar el trabajo soñado solo era cuestión de tiempo. No abandonaría con tanta facilidad. Lucharía hasta el último aliento para no morir en manos de un proveedor enojado o de un jefe malhumorado. No pasaría mucho tiempo hasta que, por fin, pudiera demostrar al mundo su verdadero valor. En ese momento, frente al infinito del mar, se sentía un auténtico Poseidón. Pero era en tierra firme donde iba a forjar su imperio.
Sintió unos brazos delgados pasar por debajo de sus hombros y apretarle el pecho, a la vez que unos labios frescos y húmedos besaban con suavidad su cuello.
—¿Estás enojado? —le susurró ella al oído, con un tono que demostraba una vez más que nunca lograría fingir, de manera convincente, el hecho de sentir algo de empatía por alguien que no fuera ella misma.
—Tienes razón. —El hombre exhaló con fuerza—. No podemos vivir toda nuestra vida en un hotel.
—De todas formas, la temporada va a empezar y, un día de estos, el padre de tu amigo nos va a botar de acá.
—De todas formas, un día de estos, tendré que volver a buscar un trabajo.
Los dos amantes contemplaron un largo momento, en silencio, el paraíso en el cual habían pasado el último mes, conscientes de que aquel momento mágico de su vida estaba a punto de terminar.
—Lo lograrás —añadió entonces ella con un tono suave.
Hizo voltear al hombre y le miró con ternura a los ojos. En esa mirada, el hombre podía ver que creía en él de verdad, que no fingía, que no se burlaba; no mentía. Así era siempre con ella, una montaña rusa de emociones, una tormenta de mensajes contradictorios. Gestos que no cuadraban con sus palabras o palabras que no cuadraban con sus gestos. Era un viento polar soplando en el Sahara, una erupción volcánica en la Antártida. La única constante, el único orden en el caos emocional que desataba a diario, era ese amor incondicional que el hombre sentía en ella. Ella le quería con un amor puro y verdadero y él también.
Al día siguiente, abandonaron la habitación, el hotel, la playa y un mes entero de pura felicidad. El hombre levantó la vista y miró distraído por la ventana. El tren los llevaba a toda velocidad; a él, hacia su antigua realidad y a ella, hacia su nueva vida. Y eso no dejaba de preocuparle. Irse del paraíso significaba para él, volver a buscar trabajo. Y si bien regresaba con una energía renovada, subsistía, debajo de la capa de optimismo que habían forjado juntos en su retiro amoroso, el miedo de seguir sin encontrar un trabajo idóneo para su tan ansiada realización profesional.
Por otro lado, sabía que, para ella, el horizonte se veía mucho más despejado. El futuro le traería muchas novedades y sentía que las iba a abrazar con sumo entusiasmo. En un par de semanas, empezaría una nueva etapa de su vida, con un primer trabajo en uno de los bancos más prestigiosos de la capital. Pagaban por fin años de esfuerzo y persistencia y la culminación de una carrera universitaria que muchos predijeron jamás podría terminar con éxito. «Por lo menos, por ahora, tenemos el mismo destino».
Era su mantra desde que, por fin, tras semanas viviendo en el hotel, se habían decidido a avisar al padre de su amigo de que iban a desalojar la habitación. Sin embargo, repetirse una y otra vez la misma frase durante días no había logrado apaciguar el torrente de reflexiones que golpeaba sin descanso los frágiles diques de su mente. Presentía que el regreso a la normalidad iba a ser la prueba de fuego para su relación. Y no le gustaba el resultado que pronosticaba como asegurado.
La joven pareja estaba a punto de llegar a la pequeña ciudad provincial donde ambos habían nacido y donde habían vivido la mayor parte de su vida. Al ver las primeras casas de las afueras de la ciudad, el hombre empezó a rememorar anécdotas de su juventud. Aunque sabía que en ninguna de ellas estaba ella, por la simple razón de que nunca se cruzaron allí. Se habían conocido años más tarde, por casualidad.
Al hombre siempre le había parecido una señal haberla conocido a tantos kilómetros de su ciudad natal. Más aún, en una urbe tan poblada como lo era la capital. Ocurrió durante una de las últimas tardes del otoño, cuando los cuerpos y las almas terminan, de forma inconsciente, de prepararse para enfrentar el invierno emboscado a la vuelta de la esquina. Un sol tímido no terminaba de calentar el ambiente, aunque tampoco hacía frío y resultaba ser una tarde agradable. Y, por lo tanto, las terrazas de la ciudad rebosaban de gente buscando un poco de café para calentar el cuerpo y unos últimos rayos de sol para exaltar el alma.
Ambos estaban sentados en mesas contiguas, aunque a miles de kilómetros de distancia, cada uno en sus pensamientos. De repente, ella había volteado y extendido el brazo para pedirle el azúcar que se encontraba en su mesa. Abstraído en uno de sus casos imaginarios, el hombre había estado a punto de alcanzarle el azucarero sin siquiera mirarla. Pero algo le había empujado a voltear. Y, entonces, se había quedado un largo momento, como petrificado, sin poder dejar de contemplarla. No se separarían durante días. «Por lo menos, por ahora, el tren nos lleva al mismo destino».
Por desgracia, el tren había llegado a destino. Frenó en seco al arribar a la estación y el hombre se levantó para recoger sus cosas y bajar. Ella saltó primera al andén. El hombre la alcanzó segundos después, cargado con su pequeña mochila y con las pesadas maletas de ella.
—Nos vemos mañana. Saluda a tus padres por mí.
Ella se veía muy feliz, radiante. ¿Y por qué no lo iba a ser? Estaba a punto de pasar unas últimas semanas relajada con su familia y sus amigos antes de empezar una nueva y emocionante etapa de su vida.
—Nos vemos mañana —contestó el hombre, a quien le costaba mucho más separarse de ella, sobre todo después de un mes de amor entero, puro y exclusivo.
Se besaron una última vez y caminaron en direcciones opuestas, hacia futuros opuestos.